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¿Por qué bostezamos cuando vemos a otros hacerlo? Esto dice la ciencia

¿Por qué bostezamos cuando vemos a otros hacerlo? Esto dice la ciencia

En el micro de regreso a casa, en una clase de la tarde o en plena reunión de trabajo, el bostezo tiene la extraña capacidad de pasar de una persona a otra. Aunque todos lo hemos experimentado, pocas veces nos preguntamos por qué sucede. La respuesta combina neurociencia, comportamiento social y evolución.

Un reflejo que nace de la imitación

Cuando observamos a alguien bostezar, el cerebro activa zonas relacionadas con el movimiento y con la interpretación de gestos ajenos. Los especialistas vinculan esta reacción con los mecanismos de imitación automática que usamos desde pequeños para aprender de los demás y conectar con ellos.

Por eso el bostezo contagioso no aparece en los bebés. Suele manifestarse a partir de los cuatro o cinco años, cuando el niño ya desarrolla habilidades sociales más complejas. Con el paso de los años, la respuesta tiende a disminuir, aunque no desaparece del todo.

Lo que tienen en común personas, perros y chimpancés

Una de las pistas más interesantes proviene del reino animal. Se ha observado contagio de bostezos en chimpancés, lobos y perros domésticos, y en muchos casos es más fuerte entre individuos con una relación cercana. En humanos pasa lo mismo: la probabilidad aumenta cuando quien bosteza es un familiar o un amigo.

Para los investigadores, esto sugiere que el fenómeno cumplió una función en grupos sociales: ayudar a coordinar momentos de descanso o de actividad. Un gesto pequeño que, a lo largo de la evolución, pudo facilitar la vida en comunidad.

Datos para tener en cuenta

No todas las personas se contagian con la misma facilidad, y eso es completamente normal. Influyen la edad, el nivel de cansancio y la atención que prestamos a lo que ocurre alrededor. Aunque algunos estudios han explorado su relación con ciertas condiciones neurológicas, los expertos aclaran que no contagiarse no indica, por sí solo, ningún problema de salud.

La próxima vez que un bostezo recorra la sala, vale la pena recordar que no es solo sueño: es una muestra de lo conectados que estamos con quienes nos rodean.

Por Valeria Navarro

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